¿Dispara usted o disparo yo?

Esta es la historia de una leyenda. Un campeón que recorrió el país con su pinta impecable, firmando autógrafos y ganando apuestas, en una época en que la rayuela movía millones. Hasta que entró a un set de televisión para enfrentar a Don Francisco y todo comenzó a desmoronarse. Esta es la historia de Oscar “Chute” Cabrera, un señor de 81 años que sigue entrenando en una cancha de rayuela al interior de un bar. La historia del hombre “que pisaba el barro y le seguían brillando los zapatos”.

Por Arturo Galarce

En pleno Recoleta existe un bar con cancha de rayuela. El San Martín. El mismo donde hace algún tiempo escuché por primera vez —y de la boca de un viejo chicha apodado el “Gato” Gatica— el nombre de Oscar “Chute” Cabrera. La leyenda.

— ¿Quién?

— El “Chute” Cabrera, po’ amigo. El más grande rayuelero de todos los tiempos. Se llenaba esta cuestión pa’ verlo lanzar. Se llenaba adonde fuera. Incluso salió en la tele, cuando se lo cagó el guatón Francisco, ¿se acuerda?

Sucedió una despejada tarde de septiembre a fines de los años setenta. Una cancha de rayuela en medio del set. Don Francisco y su adelantado sentido del humor, preguntando ‘¿qué dice el públicooo!’ antes del lanzamiento. Santiago González, el discípulo, y Oscar “Chute” Cabrera, el maestro, la leyenda, el mejor rayuelero de Chile, invitados al programa de tele más popular de todos los tiempos.

Pero algo salió mal.

Esta es la historia del “Chute” Cabrera, el hombre que lanzó su prestigio como un tejo, por aparecer en televisión mostrando su pasión y talento a Chile entero. Un mártir deSábados Gigantes que vivió para contarlo. Una leyenda de la rayuela caída en desgracia, que tuvo que soportar por más de dos décadas las burlas de sus contrincantes.

DEL SANTIAGO QUE SE FUE 

“¿Le digo la verdad, compadrito? Don Francisco no le achuntó ná a la quemada (N de la R: cuando el tejo toca la línea)”, me dice Santiago González (66) mientras le doy el primer sorbo a la piscola que me acaba de servir en la barra de su propio bar —y club de rayuela— Unión el Olivo, en Independencia.

Es una noche de sábado cualquiera. Le digo que no le creo, que vi el video un par de veces en TV Condoro y que Don Francisco le achuntó a la quemada. Cuando veo que el “Chute” Cabrera viene entrando al bar con los bigotes a lo JM y el pelo cano engominado, le pido que guarde esa historia para más rato. Es hora de hablar con la leyenda.

Don Oscar “Chute” Cabrera (81) ya no sale de noche. Sólo va a entrenar los miércoles a la cancha del bar. El resto del tiempo lo pasa en su casa y en la botillería que atiende medio día toda la semana. Cada vez que entra al bar retrocede en el tiempo. Al tiempo de las apuestas, las comilonas interminables, las borracheras; el tiempo de las mujeres exuberantes que posaban sus senos desnudos sobre la barra. “Metíamos minas, se las mediamos y elegíamos una ganadora. Que buenos tiempos que eran esos”, recuerda don Santiago, su amigo, mientras destapa una botella de vino.

Hablamos de eso mientras el “Chute” avanza lento a través del vapor de una cacerola de pollo al champignon, que borbotea desde la mesa de un grupo de abuelos. Los mismos abuelos de siempre. Los que detienen la partida de brisca cuando Cabrera pasa cerca. Lo saludan con respeto. Desde la cancha, bien al fondo, tres hombres que entrenan baten las manos saludando al “Chute”, que se pasea con elegancia hasta elegir su puesto.

“A mí siempre me ha gustado jugar los mano a mano cuando hay plata. A veces aparece gente que por el gusto de desafiarme se van al mano a mano y casi siempre salen pa´ atrás. Por eso me entreno. Porque para volver a la competencia, no. Nunca más”, dice de la nada el “Chute” Cabrera con su voz delgada, y las manos sobre el mantel de goma, manos que repiten una y otra vez su tic de escarbarse las uñas limpias. Como si buscase algo sucio.

— ¿Por qué le pusieron Chute? 

— Por la forma en como jugaba. Siempre de terno y corbata. Antes le llamaban así a las personas que andaban bien pintozas, como yo.

Impecable. Como su carrera. Esa que inició a los ocho años lanzando el tejo en Peñaflor, en la chacra de sus padres, donde aprendió mañas de los viejos rayueleros. Trucos como no agacharse a recoger los tejos para no marearse (y tener a un tipo dedicado a eso) o jamás enterarse del peso de su tejo antes de lanzar.

“Es que nunca pesan lo mismo. Puede que tengan diferencia en dos gramos y eso condiciona al jugador a pensar en cómo tirar. Empiezan a pensar si hay que darle más fuerza al liviano, o menos fuerza al pesado. Al final terminan errando de puros confundidos”. Con esa técnica, a los 25 años llegó a Santiago a trabajar como auxiliar de la Posta Central. Ahí fundó la rama de rayuela. Y en 1968 el Club Deportivo Unión el Olivo junto a su amigo Santiago González.

Con el tiempo Cabrera se lo ganó todo: Seis campeonatos nacionales con la selección deConchalí, 25 trofeos personales y el título “Buscando al Mejor” (1975) donde superó a los mejores veinte jugadores del país. Viajó a competir a Perú y recorrió todo Chile en la época en que la rayuela era competitiva y movía plata, cuando un buen rayuelero firmaba autógrafos y regalaba sus camisetas sudorosas a las fans mientras los bolsillos se inflaban de billetes.

En aquellos años el pase de un jugador oscilaba entre los trescientos o cuatrocientos mil pesos actuales. Eran tiempos gloriosos. De canchas llenas. Graderías colmadas de familias completas, emisarios de clubes rivales esperando convencer al único jugador intransferible de todos los tiempos: Oscar “Chute” Cabrera.

“Fíjese que hasta a mi casa llegaban tipos con maletines y ofrecimientos que ya se querría usted. Sacaban los contratos, un lápiz, y me decían: ‘pon lo que quieras, cuánto quieras. No importa lo que pidas’”, cuenta. “Yo jamás acepté. Siempre jugué por el amor a la camiseta del Unión el Olivo”.

Nunca nadie lo compró. Ni siquiera el “Judío” Carlos —representante de jugadores y “arreglador” de partidos— pudo con el insobornable Cabrera.

El “Gato” Gatica, rayuelero en retiro, recuerda: “Lo que pasó fue que el “Judío” Carlosllegó a la botillería de don Oscar con un televisor a color, que en esa época nadie tenía, y un fajo de cien mil escudos. Se paró frente a él y lo único que le dijo fue: ‘Chute, déjate perder el domingo’. Pero don Oscar no aceptó, no iba a traicionar a su equipo. Además él se ganaba su billete en los mano a mano”.

De todos los “mano a mano” que ha enfrentado el “Chute”, el más emocionante fue un duelo por un millón de escudos contra el finado Toledo, un partido de ida y vuelta a mediados de los setenta.

“Yo gané la ida así que le pedí a mi hermano que me acompañara al partido de vuelta que era en una cancha por General Velásquez. Apenas llegamos, a mi hermano se le ocurrió ir a ver cómo entrenaba Toledo… volvió corriendo, muerto de miedo, gritando que el finado no fallaba una. Yo le dije que si tenía tanto miedo le apostará a él”. Según los rayueleros de la época el hermano del “Chute” apostó a Toledo. Y perdió su dinero.

El “Chute” estaba haciendo historia. Era imbatible. Invulnerable. El único jugador capaz de hacer partidos enteros sin fallar un solo tiro. Pocas veces erró uno.

De todos los “mano a mano” que ha enfrentado el “Chute”, hay sólo uno que no quiere recordar. El duelo que marcó el comienzo de su retiro. El duelo que esa tarde de septiembre a fines de los setentas, lo enfrentó a Don Francisco en el estudio de Sábados Gigantes.

QUÉ BUENO ES VERTE AQUÍ 

Una mañana a principios de septiembre de 1978 un grupo de productores de Canal 13 llegó al club Unión el Olivo, actuales subcampeones del torneo regional de rayuela, buscando al presidente del club: don Santiago González y al jugador estrella del campeonato: el “Chute” Cabrera.

“Nos invitaron para mostrar el deporte como juego tradicional chileno. Y como se venía las fiestas patrias, el 18, nos invitaron”, recuerda Santiago. Aceptaron y fueron a grabar el programa. “Alguien tenia que hacer el ridículo y me tocó a mi. Pero para nosotros era algo serio, acá toda la gente estaba emocionada con que el profe Cabrera mostrara su talento en televisión. El profe era una figura nacional y que le pusieran esa cagá de cancha donde no se podía jugar ni una hueá fue lo que nos dejó acholados (N de la R: enojados)”, recuerda Santiago.

El día de la transmisión mucha gente llegó al bar. El televisor en blanco y negro iluminaba desde la barra y Santiago González guardaba silencio cada vez que la cabeza de Don Francisco volvía de comerciales. A esa misma hora, unas cuadras más allá, el “ChuteCabrera decidió apagar el televisor y levantar la cortina de su botillería dispuesto a pasar un día tranquilo. El sábado menos gigante de su vida.

El “Chute” Cabrera preferiría olvidar ese momento. Ante el tema cambia la mirada. Se pone arisco. Al final, igual habla. “Cuando llegamos al canal vi que el set era muy chico. Nos pusieron un cajón con barro, una línea y once metros para lanzar. El problema es que nosotros tiramos desde catorce metros, toda la vida desde catorce metros, así que le dije a Santiago que yo no iba a tirar. Que por ningún motivo lo haría. Pero Santiago sí tiró, y no le achuntó”.

Santiago: “Nosotros éramos jugadores de primera línea, amigo. Cuando fuimos a grabar el asunto no entendíamos por qué hacían tanto corte. Uno no sabe de esas cosas. Y no sé, quizá Don Francisco pensó que iba a hacer algo bueno, pero nos dejó como chaleco de mono con la parodia”.

El mejor de Chile se negó a tirar y su amigo no le achuntó. La pelotita quedó dando bote en el área chica, güachita, lista para que Don Francis la metiera adentro con una alevosa y certera talla. Entonces Don Francis toma el tejo, dispara y le achunta.

Le vuelvo a decir que yo vi el video. Un clásico de S.G. Que en él Don Francis le achunta y ellos no. Santiago González hace sus descargos: “¿Cómo le dicen a esta cuestión?… ¿un corte?, ¿una editada? Les explicamos a todos —amigos y familia— que lo que hicieron fue grabar a Don Francisco tirando el tejo. Pero él no le achuntó, si no que después grabaron al puro tejo cayendo justo encima de la línea y así en la pasada parece que le hubiera achuntado, pero no. Fue la magia de la televisión no más”.

En el video la toma no es contínua. Efectivamente se ve a Don Francisco lanzar, y luego la toma del tejo cayendo, junto al prestigio del campeón que se negó a tirar.

¿QUÉ DICE EL PÚBLICO?

Tras la aparición en tv y las continuas repeticiones, la carrera del “Chute” Cabrera se fue lentamente al barro. De jugador incuestionable se transformó en blanco de todas las bromas de sus rivales. Si bien se mantuvo en competencia hasta el 2005, el “¡Sácate aDon Francisco!” se escuchó hasta la última vez que pisó la cancha.

“Se puso un poco pa’ adentro. Y se aburrió de andar dando explicaciones de que el asunto fue arreglado y que no lanzó porque no estaban las condiciones”, cuenta su amigo Santiago.

El “Chute” asegura que nunca se tomó en serio las bromas. Que el retiro vino con el tiempo, el cansancio, la muerte de sus pares y ese recambio generacional donde ya no quedaban caballeros.

“La juventud es distinta, muy cambiada. Me faltaron el respeto y les hice la cruz. Me desafiaban para jugar pero terminaban molestándome por lo del programa, por la edad, porque erraba un tiro, etc. Ahora prefiero estar con los viejos, y como le digo: de vez en cuando me juego un mano a mano pero sólo por dinero. A la competencia, no vuelvo”, dice el “Chute” mirando al piso, mientras una ranchera suena desde el viejo wurlitzer del Unión el Olivo.

Mañana es domingo, día de partido. Desde la vieja barra de madera don Santiago no se hace ilusiones mientras destapa otra de vino. La cancha no se va a llenar, lo sabe. De seguro se encontrará con los mismos viejos de siempre y los hijos o familiares que mantienen vivo el apagado torneo de la capital. Uno que alguna vez movió millones en apuestas, que hizo que su amigo “Chute” Cabrera, el campeón, la leyenda, recorriera el país firmando autógrafos.

De seguro se encontrará con los pocos rayueleros jóvenes que hoy en día mantienen viva la tradición, jóvenes que como me dijo el “Gato” Gatica allá en el San Martín, se olvidaron de la leyenda, “del hombre que pisaba el barro y le seguían brillando los zapatos”.

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