El hogar lejos de casa

Por Arturo Galarce

LA CASA DE MARURI

Santiago no es como Huaral. Ni la brisa, ni las frutas, ni la cerveza, ni las calles; ni siquiera el color marrón del atardecer es algo parecido. En Huaral, al noroeste de Lima, Perú, el agua brota tan tibia de las cañerías que un calefón es un aparato prácticamente desconocido. Para Ana Dulanto Bautista (50, Huaralina, nueve años en Chile), Santiago sólo es sinónimo de que la piel envejece más rápido con el frío que con los años. En su tierra, según recuerda, ni siquiera existe el invierno. Tampoco el trabajo.

Es poco más de mediodía y Ana Dulanto cocina mientras habla de su pueblo. Mañana, luego de tanto insistir, ha aceptado hospedarme en la pieza que comparte con cuatro personas más. Una pieza pequeña, con olor a jengibre. La primera de un total de veinticuatro donde se reparten azarosamente sesenta peruanos: mujeres, hombres, adolescentes, niños, y bebes. Todos repartidos en una sola casa, con dos baños (cada uno con cabina de hombres y de mujeres), y un par de fregaderos para lavar o conseguir el agua necesaria para cocinar o bañarse.

Se respira húmedo. El musgo crece en pequeñas alfombras verdes sobre las paredes interiores de la casa: una especie de cité de 60 metros de fondo, apostado en pleno barrio Maruri, comuna de Independencia. Un pasillo descubierto atraviesa el lugar, cercado por las dos opciones de pieza disponibles: de adobe, por la izquierda, y de material ligero y algo más pequeñas, por la derecha. Las primeras, de 50 mil pesos mensuales y de construcción antigua, poseen techos lo suficientemente altos que algunos aprovechan para improvisar estrechas mansardas. Así es posible incluir más personas dentro de la pieza y abaratar los costos: la única ventaja comparativa del hacinamiento.

EL SILENCIO DEL DÍA

“Ahí te quedarás el viernes, chileno”, dice Ana, sin levantar la mirada y apuntándome con un machete engrasado. “Todas las camas están ocupadas así que en el sillón te quedas”, agrega, con la vista fija en las tiras de mondongo (guatitas) que troza sobre una frágil mesa en medio de la pieza. Ana es una mujer gorda, morena. Carente de cuello, prácticamente, de ojos cansados y rodeados por ojeras carnosas que no desaparecen.

Es jueves. Llevo varios días visitando el lugar pero mañana será mi primera noche en la casa de Maruri. “Ya vas a ver cómo viven los peruanos, hijo. Ya vas a ver”, dice Ana, sumergiendo el mondongo en una olla con aliños antes de lanzarlo sobre una placa de hierro que se calienta en la cocina.

Mientras el aire huele a ajíes y comino, dos niños cargados con juguetes entran a la pieza: Aldhair, de seis años, con una bolsa de bolitas y un auto de plástico; y Eric, con un chancho alcancía entre sus pequeñas manos de cuatro años. Sus madres son empleadas puertas afuera y Ana recibe algunos pesos por cuidarlos hasta la noche.

Durante la semana, el silencio sólo es vulnerado por los gritos de los niños que juegan a lo largo del suelo agrietado del pasillo. La vida, a eso de las dos de la tarde, sólo se reduce a la pieza de Ana.

Una mujer entra a la pieza. Viene por un plato de comida. Dice estar embarazada de siete meses, sin embargo su barriga apenas se percibe tras una gruesa parka negra. Ana toma una bandeja de plástico y la rellena con algo de arroz y mondongo. La cierra. Mil pesos. La mujer -morena, de estatura baja y con los labios más gordos y secos que he visto- responde al nombre Isabel. Es de una casa cercana, parecida a esta pero con poco menos de hacinamiento. Ahora se sienta junto a mí, en el sillón.

-¿Y cuándo nace tu chibolo (niño), Isabel? –pregunta Ana entregándole la comida.

-¡Ay!, ni me pregunte eso, Sra. Ana. Ya tengo decidido mandarlo a Trujillo apenas nazca –contesta la mujer tocándose la barriga con un gesto de desprecio.

En Trujillo, en la costa desértica del pacífico, al norte de Perú, la madre de Isabel ya recibió la noticia apenas supo del embarazo de su hija: el niño se va con ella en noviembre.

-¿Y el pecho, qué vas a hacer con el pecho del bébe (sic), mujer? – vuelve a preguntar Ana.

-¿Náh, y para qué? –llevándose el pelo tras la oreja derecha- No quiero encariñarme con él. No importa si me llama tía –bromea-, además, quiero encontrar trabajo puertas adentro y no podría cuidarlo.

El día transcurre en silencio. Entonces, Aldhair se acerca con un libro de lenguaje en las manos: “el libro rojo, mira, tío”. Me entrega un lápiz a mina y me pide que lo ayude con un par de tareas. “¡Sí, carajo, ¿en que quedamos?!. Haz tus tareas que después tu madre me pregunta a mí por tus deberes. El tío te va a ayudar”, dice Ana. La tarea es de lectura. Una fila de catorce palabras y la primera es “nido”. Son casi las cinco. El televisor encendido. Aldhair observa fijamente la palabra y la modula en voz baja. Eric grita y revuelve bolitas dentro de un tarro de metal. Aldhair lo intenta: “ene-i-de-o”. Las mujeres hablan. Probamos con otra: “ene-ovio”. Casi. Aldhair deletrea en vez de leer. Seguimos intentando durante el resto de la tarde.

GUETO EN MARURI

Cuando un inmigrante llega a Chile, por la vía legal o sorteando la frontera por las rutas de la droga o en un camión parte del tráfico de migrantes, generalmente no sabe dónde pasará la primera noche. El barrio Maruri está colapsado, y el hacinamiento revela que muchas veces es más fácil encontrar un buen trabajo que un lugar donde dormir. Sólo en Independencia ya son 1.259 peruanos. En el país, según el censo del 2002: casi 40 mil. Aunque la cifra se contradice con los estudios de la OIM (Organización Internacional para las Migraciones), que señala que en Chile habría aproximadamente 60 mil peruanos. 20 mil de ellos, en estado de ilegalidad.

Son las siete de la tarde. Bruno (34), el padre de Aldhair, lo viene a buscar. Él es la primera persona que conocí en la casa de Maruri. Mientras botaba un par de bolsas de basura, hace algunas semanas, le expliqué la intención del reportaje –antes de eso visité varios lugares. Unos con las mismas características: en Mapocho, en Recoleta, y Santiago Centro. En todos nadie quiso hablar. Policía de Investigaciones regularmente revienta este tipo de casas. Buscando inmigrantes ilegales y deportándolos a la frontera con lo puesto-. Bruno accedió de inmediato. Lo mismo con el resto de la casa.

Ya son las siete y media. La pieza de Bruno es de las grandes (4 x 4 mts.). El segundo piso, donde duerme junto a Aldhair y Lizeth, su esposa, es cubierto por un visillo blanco en un intento por mantener algo de privacidad. Abajo, mientras un enorme televisor pasa un dvd de Ana Gabriel, Lizeth me cuenta cómo deben hacer para bañarse durante el invierno: “¿Ya has visto que cada pieza tiene un hervidor eléctrico?. Bueno, las mujeres nos bañamos así, en las piezas. Entramos agua en botellas, llenamos varias veces el hervidor y nos vamos dando jarras con los pies dentro de una tina de esas para los niños. Lo mismo hago con Aldhair. Ni loca atravesamos el pasillo con este frío que hace”.

Los hombres, en cambio, se duchan afuera. Acoplando el balón de gas al calefón disponible o directamente bajo el chorro de agua helada para ahorrar. Las duchas de hombres y mujeres están junto a los w.c., en ambos compartimentos. Afuera de ellas, las mujeres cuelgan las ropas que lavan a mano en los fregaderos o en lavadoras que extienden con alargadores desde las piezas. De vez en cuando se pierde alguna prenda. Casi todos los fines de semana hay fiestas y entonces entra cualquiera. Sólo en lo que va del mes desaparecieron dos jeans y dos bicicletas.

LA ALEGRIA INFINITA

Es viernes. A eso de las seis de la tarde, el barrio Maruri huele a perfume. Filas completas de empleadas puertas adentro regresan a casa por el fin de semana. “¿Qué dices?, claro que es mejor. Imagina: te ahorras el techo, la comida, el gas. Te ahorras todo. ¿Madrugar todos los días?, estás loco. Lo único que se echa de menos es una cervecita heladita”, dice Karina, antes de beber un trago. Cada vez que ríe, Karina frunce los labios para tapar el diente que le falta. Es una mujer grande, de ojos rasgados y rostro duro. Estamos en su pieza, una con mansarda, a la que llega sólo los fines de semana junto a cuatro mujeres más. El resto del tiempo, Fernando –pareja de una de ellas-, se la pasa solo o jugando monedas en las maquinitas de la esquina.

No hemos terminado ni la primera cerveza y ya me han botado. La mujer más antigua de la pieza se ha enterado de que soy periodista y me ha pedido que salga. Afuera, Ana Dulanto me avisa que hoy Luis está de cumpleaños.

20.00 hrs. La pieza de Luis, justo en la mitad de la casa., es un espacio de 4 x 4 mts. casi vacío: sólo han dejado un televisor, la cocina y el refrigerador. La cama de una plaza y media, donde pasa las noches con Maribel, su esposa, la han guardado en la pieza de en frente para tener algo de espacio donde bailar. Este es el primer cumpleaños que pasa en Chile, luego de haber dejado hace un año su trabajo como yerbatero en las calles de Trujillo. Hoy, es maestro de cocina y prepara chorrillanas en un restaurante de la capital.

Algo engibado, vestido con un cortaviento rojo y negro, Luis (26) me pide que vaya a la pollería de la esquina a comprar un cuarto de pollo con papas fritas. El barrio Maruri, a cualquier hora del día, es posiblemente lo más cercano a Perú dentro de Santiago: restoranes peruanos, discos peruanas, y decenas de cibers con cabinas telefónicas: quizá, el principal nexo con lo que aún consideran su tierra.

En la pollería hay cinco clientes antes que yo. Una vuelta por los cibers cercanos, mientras espero, sirve para escuchar diálogos a pesar de las puertas cerradas de los locutorios: la costumbre es creer que al hablar más alto los escucharan mejor en su tierra.

1-“Hijito mío, por favor. No seas malo con tu abuela. Ella te cuida. ¿Cuándo?. Pronto hijo. Pronto. A penas mi jefe me de el permiso. Sí, zapatillas…”

2-“¡¿Qué?! ¿Quién te ha pegado?. ¿Alo?. ¡¿Por qué le has pegado al nene?! No debes de pegarle, Carlos. Regáñale, carajo, pero no le pegues más, por favor. Es un nene…”

22.00 hrs. Estoy en la pieza. José Luis, el compadre de Luis, de la pieza de en frente, se sienta a mi lado. Las mujeres a un costado de la pieza preparan la comida: pollo escabechado con arroz y huevo duro. Nosotros comemos el pollo y las papas fritas mientras las cervezas comienzan a correr.

“Ya, carajo. Ahora vas a tomar pero como lo hacemos en Perú”, me dice Luis. El sistema consiste en tener una sola botella abierta y un solo vaso. Ambos se van rotando: te sirves cerveza. Pasas la botella. Das el trago. Luego botas la espuma al suelo y pasas el vaso. Nadie se salta. Todos obligados a beber.

José Luis me mira y comienza a hablar: “¿Sabes que es lo que más me jode de los chilenos, hermano?. Que ustedes para el resto del mundo se muestran como la gran cagada y cuando uno llega aquí, y ve las noticias o sale a la calle, comprende que están tan podridos como cualquier país del continente. Explícame, hermano, ustedes tienen gente viviendo en campamentos. Gente pobre. Santiago se inunda en invierno. ¿Acá?. ¿Crees que me gusta vivir en este lugar?. Estás loco huevón, en Perú estaba mucho mejor. Todos estábamos mucho mejor allá. Pero al menos aquí no tengo que salir en bote de mi pieza, como tus compatriotas. ¿Qué es lo que hace tu gobierno, huevón?: manda tropas a Haití en vez de ayudar a su gente. Están locos”, dice, escupiendo al suelo. José Luis es un tipo alto. De ojos rasgados, narigón, y su piel es tan morena como los zapatos de cuero que calza. Llegó hace varios años de Trujillo, con su esposa y su hija (la segunda nació en Chile), y aquí trabaja como asfaltero. “Allá estudié dos años de odontología, pata (amigo), pero la ignorancia de mis viejos hizo que terminara trabajando a una fábrica de harina de pescado. Por eso que me vine acá, a trabajar para que mis hijas pudieran estudiar -la mayor estudia contaduría en la universidad-. Si yo no soy cualquier cosa, huevón. No lo soy. Y acá nos tratan como ratas, hermano. ¿Sabés?, yo a veces voy a la Vega, huevón, y los vagos que andan por allá si no les paso una moneda me gritan “¡peruano culiao!”. Esos indigentes, hermano, que no sirven para una mierda”. Luis asiente con la boca llena de papas fritas. Seguimos bebiendo.

01.00 hrs. Hasta un par de horas sólo éramos seis personas dentro de la pieza. Ahora somos quince. El televisor, encendido a todo volumen, reproduce dvd´s de cumbia, huaino, y chicha. Luis se para a bailar con Maribel. La pista está llena. Una mujer entra. Algo ebria. Se me acerca y comienza a rozar su pelvis contra mi rodilla. Luego se va. Creo que hemos bebido unas doce cervezas. Maribel interrumpe el baile y sirve la comida en bandejas de plástico: un poco de arroz, dos hojas de lechuga, una papa, huevo duro, aceitunas, y una presa de pollo escabechado. Es un plato enorme.

03.00 hrs. Ya es tarde. En el piso de la pieza hay restos de arroz, saliva, cerveza, y huesos de pollo. Ana Dulanto llegó hace una hora, estuvo bebiendo con otras mujeres en su pieza, y ya se quiere ir. “Estoy de luto”, dice, cada vez que la sacan a bailar. Su madre murió hace dos semanas y ni siquiera pudo estar en su funeral: se enteró a los pocos días de regresar a Chile. Estuvo un mes con su madre en Huaral, sin que esta mostrara señales de alguna enfermedad. Nos vamos a dormir.

En ocasiones, el insomnio se resume al lugar donde uno duerme: del sillón me sobran la mitad de las piernas. Estoy cubierto con una frazada que huele a pies y la pieza entera huela a una extraña mezcla entre comida, orina, y cuerpo humano. Ana llora en voz alta recordando a su mamá. Está ebria. Entonces aprovecha de putear al resto de la gente que duerme en la pieza. Abajo, junto a Ana: Alicia, una mujer pequeña, rechoncha y de piel morena casi negra. En la cama de al lado, Tuco (30), hijo de Alicia. Y arriba, en el segundo piso, Jimmy, un chico medio sordo de 23 años, junto a su pareja: la misma mujer que me bailaba en pieza de Luis. Su nombre es Ana (45), también.

“Cuándo se van a ir todos, carajo. ¿No ven que mi madre ha muerto?. ¡Son malos, carajo, malos!”, grita Ana Dulanto por más de media hora. La noche es lenta. Fría. Desde las otras piezas pueden oírse gemidos, gritos, y ronquidos.

La primera luz del día, en la pieza A, luego de varias horas, es un inofensivo rayo de sol que se cuela por la ventana. El aroma de la pieza y la cerveza me han mantenido con nauseas toda la noche. Por la mañana, antes de irme, puedo ver una fila de hombres en toalla y con jabones y cepillos en las manos, esperando poder entrar al baño.

ARRIBA PERÚ

Sábado 28 de Julio. Son las fiestas patrias de Perú. Pequeñas banderas de papel volantín rojo y blanco flamean a lo largo del pasillo luego de que ambas Anas se encargaran de la decoración la noche anterior.

Una java de cervezas puede durar pocos minutos entre ocho personas. Estamos en el interior de la pieza, bebiendo. Dos parlantes retumban con salsas desde la pared mientras Alicia prepara pollo frito con arroz. De pronto: PAF!, la puerta se azota con fuerza. “Jimmyyyy!!!”, se siente afuera. Alicia salta y abre la boca tan grande que puedo ver sus encías y un par de dientes solitarios antes de escuchar su grito. Hay pelea.

“¡Te voy a matar conchetumadre!. ¡Tú eres el guardián de El Tumi, te conozco!. ¡Te voy a matar!”, grita un tipo flaco a uno de los hombres de la casa de Maruri, que ha salido a encararlos. Todos están ebrios. Jimmy ya está adentro. Nadie comprende nada. Una mujer intenta golpearlos con una escoba. El tipo flaco junto a dos más, empuñan la mano y continúan gritando amenazas. La mano empuñada, como me dirían mas tarde, significa que son de “El Alambre”: la población más peligrosa de Trujillo. Hay gritos. Entre el escándalo, el tipo flaco se agacha para abrocharse las zapatillas y el hombre de la casa de Maruri aprovecha para patearle la mandíbula. “Vas a morir, carajo, vas a morir, cobarde”, le gritan los otros dos antes de molerlo a combos. El guardia de El Tumi (una disco peruana del barrio) se devuelve al piño: casi toda la casa de Maruri está afuera. Los tres tipos se largan de espalda empuñando la mano y gritando. Nos entramos.

En la pieza es como si nada hubiera pasado. Las cervezas y el vaso vuelven a correr. “Arriba Peruuu”, grita Ana, desde la mansarda, mientras un tipo borracho intenta entrar a la pieza. “Ese huevón anda con la cuchilla bajo el pantalón, que no entre, Ana!”.

La tarde entera la pasamos bailando. Ya es tarde y mientras el tubo fluorescente titila bajo los papeles de regalo que forran el techo, Ana llora sentada en su cama. Las cenizas en el piso y la cerveza derramada, han creado una fina capa de barro marcada de pisadas. Casi todos se han ido.

Hace algún tiempo, en esta misma pieza, Ana me contó de cómo es la vida en Perú. Me habló del cerdo asado, de la familia, del mar. Me habló también de las veces que ha vuelto, y que sus amigos ya no la miran como antes. Ella viene desde Chile, y eso allá sólo significa una cosa: bolsillos cargados de billetes y estabilidad. Ana fingía. De vuelta sólo la esperaba el aroma a los cuerpos ajenos durante la noche.

La fiesta ha terminado. Es mi último día en lo de Maruri y antes de irme Ana Dulanto me ha llamado para que hablemos. El insomnio la hace ver mayor de lo que es y mientras lloriquea, sé que esta es la ultima vez que la vuelvo a ver: “¿Sabes qué, chileno?. Estoy cansada. Soy una mujer cansada. En diciembre viajo a Perú de nuevo y quiero quedarme allá. Acá no hay futuro. Nueve años viviendo así, prefiero estar en mi tierra. En Perú  la gente cree que en Chile vivimos como princesas. Babosos. No saben nada. Por eso se vienen, se deprimen, y se van. Y yo ya me voy, chileno. Y no quiero volver”.

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