El ataque de las ranas asesinas

Se reproducen a la velocidad de un destello, soportan temperaturas extremas y si es necesario, se alimentan de sus propias crías para sobrevivir. Así son las “ranas africanas con uñas”, las mismas que se venden en varias ferias del país, se mueven por las alcantarillas y llegan hasta ríos y pozos de agua para continuar su letal avance. Esta es la historia de cómo esta rana casi indestructible llegó desde África, y cómo está eliminando para siempre, a la fauna anfibia de nuestro país.

Por Arturo Galarce

Arranados

Juan Pablo se abre paso junto a su madre por una feria de Conchalí, con un plan excitante: Volver a casa con un juguete nuevo. De otra forma cuenta, jamás habría puesto un pie en ese lugar atestado de gritos y olor a pescado. “Acá lo único bueno son los juguetes” dice con la sabiduría que le dan sus diez años, antes de quedar cara a cara con ese vendedor tatuado que a viva voz, le ofrece los seres más repugnantes que haya visto en su vida, los mismos que Juan Pablo calificó de inmediato como “bacanes”.

Sumergidas en una lucha inútil por escapar, agitándose endemoniadamente dentro de unas bolsas plásticas, están las ranas. Una veintena de ranas chatas e inexpresivas que Juan Pablo observa con intriga y deseo, hasta que su madre decide pagar los $400 que el hombre pide por ellas, precio que además incluye una fétida bolsita de pellets de harina de pescado. Entonces el niño se aproxima, elige la rana más gorda y movediza, y la bautiza como “Pepino”.

“Al principio mi mamá me dijo que no porque le daban asco las ranas”, dice Juan Pablo, en mitad de la feria donde ha vuelto un par de semanas más tarde por más alimento para “Pepino”. Aburrido de gatos y perros dice que tener una rana de mascota es lo más bacán y original del mundo. “Mis amigos han ido pa’ la casa y se la pasan con la rana. La sacamos del acuario y la hacemos saltar tocándole el poto con un palo. Y también dicen que les gustaría tener una rana de mascota”.

Desde su esquina en el mundo, Juan Pablo ignora que en realidad “Pepino” es un batracio conocido como Rana Africana de Uñas (Xenopus Laevis es su nombre científico), una especie voraz e invulnerable como una cucaracha, capaz de reproducirse a la velocidad de un destello, soportar temperaturas extremas y sobrevivir bajo condiciones en las que ningún animal lo lograría.

Si es necesario, se alimentará de sus propias crías y excavará profundas madrigueras en busca de barro fresco en tiempos de sequía. Una rana que, además, está acabando con todas las ranas endémicas de Chile. Y que sigue avanzando, silenciosa, en su masacre sobre la fauna anfibia nacional.

Pero ¿cómo llegó “Pepino” y el resto de las Xenopus a una feria en Conchalí y de ahí a las manitas inocentes de Juan Pablo?

De Batuco, a 37 Km. de Santiago.

Las aguas hervirán a las ranas

Una bandada de pájaros surca el cielo y aquí abajo, a nuestros pies, una decena de pozones oscuros y pantanosos borbotean con vida. Estamos en Batuco, Lampa, y el Chucho (58) y el Pato (54), dos feriantes inseparables dedicados a la captura y venta de Ranas Africanas en distintas ferias de la capital, observan con destreza y eligen el pozo donde lanzarán la red.

“Vamos a ese, sírvete un vasito de vino y apurémonos”, manda el Chucho, armándose de valor para penetrar las peligrosas aguas.

Cuenta la leyenda batuquense que además de ranas, estos pozos son habitados por “Cueros vivos”: Pieles de animales muertos que al caer la noche cobran vida. Seres sin rostro ni forma, capaces de succionar a un ser humano por completo, sin dejar rastro. “Nunca nos hemos topado con uno, pero hay que tener cuidado. Uno nunca sabe”, dice el Pato dentro del agua, con el fango hasta las rodillas.

Junto a su compadre, hunde y jala con fuerza la red de pesca, hasta capturar la mayor cantidad de ranas posible. “Lo que si nos ha pasado –agrega Patricio- es que a veces llegamos a la casa y al otro día amanecimos todos enronchados. Incluso hemos ido a dar al hospital con alergias a la piel. ¿No ve que estas aguas ‘tan contaminadas? Las fábricas de ladrillos que hay por acá tiran pura mierda de las máquinas”.

¿Ranas gordas y sanas saliendo por centenares de aguas contaminadas, listas para la venta? Andrés Charrier, Investigador de la Fundación Senda Darwin dedicada a la conservación de especies nativas, explica: “Estos bichos viven en forma natural en desiertos de África, en cuerpos de agua muy pequeños donde mueren animales. Aguas llenas de hongos, bacterias, material en descomposición. Son animales que están ultra adaptados para vivir en condiciones extremas, y que aquí ya deben contar con un sistema de aislamiento contra los contaminantes. Hablo de contaminantes bastante tóxicos en su sangre como fósforo, plomo, fierro, etc”.

“Sí po, compadrito. Aquí los pescaos andan a tumbos. Pero las ranitas, mírelas”, dice Patricio posándome un ejemplar en las manos. Huele a pies de muerto, pero se mueve con destreza. “Esta ranita tiene hartos secretos”, agrega. “Si usted tiene un familiar bueno pal trago por ejemplo, le deja una ranita remojando en un vaso de vino y luego se lo sirve. Santo remedio. Incluso hay gente que se las come, dicen que son bien ricas”, agrega serio, mientras se rasca el tatuaje de corazón que tiene en su brazo izquierdo.

Cubiertos de fango después de reunir unas trescientas ranas para la venta, el Pato y el Chucho me aclaran que a diferencia de Juan Pablo y su mascota, ellos sí saben el origen de la especie, y lo dañino que es para la fauna local, aunque desconocen cómo fueron a parar a Chile desde África.

“De algo hay que comer”, dicen. Porque el plan destructivo y expansionista de esta rana llegada desde algún lugar de Sudáfrica les ha permitido alimentarse y educar a sus hijos por más de veinte años. Aseguran que probablemente, sean los únicos agradecidos de esta plaga mutante que destruye a todas las ranas connacionales a su paso.

“Qué tenimo que ver nosotros si los del SAG meten todas estas cuestiones y después no saben cómo eliminarlas. Se van a morir todos los del SAG, nos vamos a morir nosotros y las ranas van a seguir ahí. Hay que ser estúpidos pa’ pensar en matarlas. Es como ponerse a eliminar baratas”, sentencia el Chucho antes de coger un balde cargado de Xenopus y regresar a Santiago.

King África

Las primeras noticias sobre ranas africanas en Chile cuenta Andrés Charrier son de la década del 40 cuando fue introducida en casi todo el mundo como el más efectivo y barato test de embarazo. Las ranas se compraban en la botica, para luego en casa, inyectarle bajo la piel una muestra de orina. “Y si la rana ovulaba dentro de las próximas 24 horas, eso significaba que la mujer estaba embarazada”, dice. Lo que sucedía luego, era qué carajos hacer con la rana. La mayoría de ellas terminaron lanzadas por el inodoro. Y la plaga se expandió.

Agustín Iriarte Walton es un Ecólogo de la Universidad de Chile que estuvo a cargo del departamento de vida silvestre del SAG por catorce años. Cuenta que según los registros oficiales, la primera invasión masiva de la rana africana en Chile sucedió a mediados de los años 70, cuando científicos de un laboratorio de la Universidad de Chile entregó a los auxiliares del recinto un cargamento de ranas, con la misión de eliminarlas. Pero los auxiliares, en un acto de indisciplina piadosa, tomaron la decisión de liberar el cargamento completo en la laguna Carén, en Pudahuel.

Actual integrante de la Fundación Biodiversitasy coautor del libro “Antecedentes sobre la biología de Xenopus Laevis y su introducción en Chile”, relata la masiva expansión de la especie. “Cuando comenzamos con el problema se trataba de focos en la zona central. Ahora ha ido avanzando, hacia el norte y el sur. Ya está en el Limarí, pero no sabemos si ya llegó al Elqui. En el sur hay registros hasta Talca. Si los niños de colegios de la Serena o Temuco compran estas ranas, es probable que algún día las liberen”.

Iriarte asegura que durante su labor en el SAG intentaron controlar la venta de ranas en ferias libres, pero fue imposible. “Como es una especie exótica invasora se puede explotar, capturar y vender (con patente de pajarería). El problema es que la gente se aburre, la bota y así se distribuye. Y aunque hay otras plagas en Chile, el daño de la rana africana es irreparable. Todo el daño que puede hacer el castor, por ejemplo, es solucionable: Tú sacas al castor y recuperas la vegetación. La rana, en cambio, extermina la vida silvestre para siempre”.

Apocalipsis anfibio

A mediados de los ochenta, millones de ranas africanas atravesaron una carretera en San Antonio. Sí, millones, dice Iriarte. Hubo accidentes automovilísticos y miles de ranas reventadas como tomates contra el asfalto.

“Salió hasta en las noticias. Los autos se resbalaban. Llegaron unas agrupaciones protectoras de animales que fueron a buscar las ranitas para tirarlas en otras partes. Nosotros les decíamos ¡que era una plaga terrible, y que lo único que había que hacer era matarlas! Creo que mucha gente fue con baldes a rescatarlas para lanzarlas a otros lugares con agua”

Todo pasó cuando un hombre de una localidad cercana secó su tranque de regadío, el que resultó ser una verdadera sopa hirviente de ranas africanas. Todas listas para emigrar y encontrar nuevos cursos de agua, y así seguir colonizando el territorio, acelerando aún más la extinción de las especies nativas, devorando a sus crías, despojándolas de su alimento o contagiándoles enfermedades.

En Chile las ranas se mueren. Sumada a los trastornos del cambio climático y la contaminación de las aguas, la rana africana aparece como uno de los principales culpables.

En la zona central ya está acabando con especies endémicas como el Sapo de Rulo -en la foto-, el Sapo Arriero, el Sapito de Cuatro Ojos y la Rana Chilena. De llegar más al sur, acabaría con la especie chilena en mayor peligro: la Ranita de Darwin. “En Chile el 86% de todos los anfibios son endémicos. Si desaparecen de Chile no hay forma de recuperarlos. Se extinguen de la faz de la tierra”, dice Iriarte.

Y en la faz de la tierra pasa lo mismo. Hace tres años los datos de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) revelaron que un tercio (el 32%) de las especies conocidas de anfibios están amenazadas. Un holocausto comparado con el 12% de aves y 23% de mamíferos en esa misma condición.

Se pensó en el cambio climático como principal culpable, pero en 1998 los científicos atribuyeron la causa a un hongo quítrido que se encarga de agujerear la piel de los anfibios hasta matarlos. Del hongo no se sabe mucho, salvo que la única especie inmune a él es… Sí, adivinó, la Rana Africana. La principal portadora y propagadora del hongo.

En Estados Unidos, país que vive el mismo problema al igual que el continente europeo, se creó el año pasado una leyque condena a seis meses de cárcel y una multa de 500 dólares a cualquiera que haya obtenido ranas africanas en ferias públicas.

Fuimos al SAG y preguntamos qué pasa acá. Francisco Chávez (28), encargado de Fauna Silvestre de ese organismo: “A través de decreto se ha declarado a la rana como una especie dañina, lo que significa que puede ser capturada y cazada en cualquier lugar durante todo el año. Pero el SAG no tiene establecido un plan de erradicación. Eso sí, la venta no es legal, hay que estar inscrito como criadero para poder venderlas”.

Agustín Iriarte asegura que hasta el momento no hay fórmula en el mundo para controlar la rana africana, y el que la encuentre se hace millonario. “En definitiva, el culpable de todo esto es el ser humano, que por obtener algunos beneficios económicos somos capaces de vender a nuestra abuela”.

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