La última micro

Cuando las micros amarillas desaparezcan, va a desaparecer también la gráfica que utilizaban: los letreros, el lagarto juancho, la silueta de mujer y el diamante aplanado que sirve de firma a uno de los artistas espontáneos de la ciudad. Esta es la historia de Zenén Vargas, el hombre que expone en parabrisas y en bienales de diseño.

Por Arturo Galarce

Zenén (50) aprovecha cada silencio para encender un cigarrillo. Como habla poco, termina apilando media docena de colillas alrededor de sus hawaianas antes de que la pequeña luz roja de la grabadora se apague.

Y es que Zenén Vargas, es un hombre de pocas palabras. Una de esas personas que se dedican a hacer su oficio más que a hablar de él. Es uno de los pintores más reconocibles para el gran público. Porque él pinta carteles de micros. “Hace 30 años”, dice, levantándose lentamente del sillón de mimbre que decora su patio e, invitándome gentilmente a pasar a su taller; una antigua pieza con olor a naftalina, ocupada hasta hace unos pocos meses por un tío quien hoy pasa sus últimos días en una casa de reposo. “El entorno está intacto”, dice Zenén, mientras en una de las paredes veo un cuadro con una calavera humeante, sobre la que se lee: “yo morí de cáncer pulmonar y no me dolió”. Zenén me cuenta que lo pegó ahí su padrastro. El hombre que lo educó en el mundo de la pintura y que falleció hace 18 años víctima de la nicotina.

Un “Zenén”

Acomodando pinceles, pintura, madera, y un cenicero, Zenén recuerda sus inicios: “mi papá pintaba góndolas con mi abuelo. Yo los acompañaba y así fui aprendiendo”, relata, arrepentido de haber botado hace unos años (mientras se deshacía de cachureos) los últimos carteles que pintó su padre.

Desde la tradicional Legua Vieja, Zenén Vargas, sin estudios de por medio y sin terminar el colegio, diseña y pinta en su taller los letreros que día a día vende en un puesto de Santa Rosa casi al llegar a la esquina con Placer. A la entrada del Persa Bio Bio. “Así me he ganado la vida, sin mayores sobresaltos hasta la llegada del “mounstro verde”, como llama al Transantiago. Después esboza una sonrisa picaresca.

Haciendo una pausa antes de tomar el pincel, Vargas saca unas monedas del bolsillo y llama a su señora, la misma que lo acompaña hace 31 años. Una mujer morena, de dientes enchapados en oro, y una pícara sonrisa perpetuada en el rostro. “Tráeme unos cigarritos y una coca de litro, porfa, María”, le dice, mientras abre uno de los tarros del esmalte con el que dará forma a uno de los pedidos: un cartel del recorrido 157.

En menos de 10 minutos, con un cigarrillo aplastado en el cenicero, y un vaso de Coca-Cola a medio tomar, Vargas termina a pincel y puro pulso, un auténtico “Zenén” listo para la poner en el parabrisas delantero.

“Viajes espaciales”

A los ocho años vendió el primer cartel pintado por su padre. A los diez, pintó por primera vez un letrero. Y desde los veinte que a hecho de Santa Rosa con Placer, su esquina. Treinta años en que sus obras se exhiben en el borde de una ventana, y desde donde los chóferes y caminantes que paran frente a su “local”, transan con billetes el popular decorado del autor.

Danilo García (43) es chofer de la 147. Su máquina lleva carteles de Zenén. “Siempre le he comprado los carteles a él, y cuando hay que repararlos, también se los mando a él”, me dice Danilo, mientras aprovecha la luz roja para arremangarse los pantalones. “Eso es lo bueno de estas máquinas, que uno puede decorarlas con carteles como los de Zenén que son bonitos. Así la micro tira más pinta y uno no pasa desapercibido”.

Pero los carteles del autor buscan otro rumbo, esta vez, en las veredas. Y es que para los peatones que transitan por la esquina, compartida religiosamente con el “Sapo” a quien todos llaman “Betty la Fea”, apodado así por sus lentes poto de botella, chasquilla, frenillos, y un ojo derecho absolutamente fuera de orbita, Vargas es un personaje que siempre llama la atención. “Hasta aquí han llegado turistas que me compran algunos carteles, como en sus países no hay de estas cosas pintorescas, se sienten atraídos y los llevan”, cuenta, mientras orgulloso luce sus nuevas obras: patentes artesanales, con el nombre a pedido pintado a lo “Zenén”.

Esta es la nueva fórmula de mantener vivo su arte. Atrás quedaron los momentos de micros amarillas, donde los amigotes, casi siempre chóferes, lo invitaban a los “Viajes Espaciales”. Paseos ilícitos (a espaldas del dueño de las máquinas) con destino: “Cartagena, Costa Azul, San Sebastián”, que los pasajeros podían solicitar siguiendo las instrucciones del cartel: “Viajes Espaciales, consulte con el Piloto”, obviamente, pintado por Zenén.

Diamante plano

Zenén firma sus todos sus trabajos con un Diamante. Como cualquier artista coloca su “mosca”, como le llama, cuando termina algún letrero. Y asegura que así se diferencia de otros autores y logra que sus obras sean reconocidas por la gente.

“Tal como el diamante, que parte como roca para convertirse en una piedra única, yo he logrado un estilo exclusivo, con una tipografía también propia”, dice Vargas.

También bautizó su tipo de letra gruesa: “Chaplanada”, llamada así por su apariencia aplanada. “Siempre traté de innovar, no quería hacer lo mismo que mi padre, quien trabajaba una letra más cursiva. Por eso inventé esta fuente, que es como más futurista”.

Todos estos detalles, sumados a una actividad casi extinta, han hecho que Zenén sea cotizado por diseñadores y artistas que solicitan su trabajo.

Es el caso de el diseñador Manuel Córdova, autor de “Modesto-Estupendo”, libro que concentra lo mejor de la grafica “vernácula” (RAE: doméstica, nativa) de la capital. “Siempre voy al persa, así que lo conocía de vista. Pero cuando salió lo del proyecto fui directamente donde Zenén, y le pedí fotografiar sus carteles”, cuenta Córdova, para quien lo más llamativo de los carteles de Vargas, es su firma. “Siempre me llamó la atención ese diamante con una base y su nombre, es el orgullo de su obra, donde se evidencia la intención ingenua de comunicar algo más allá de los recorridos”.

Otra que solicitó de sus servicios, fue la artista visual Bruna Truffa, quien para su exposición “Si vas para Chile”, utilizó carteles de Zenén montados sobre placas metálicas y decorados con imágenes religiosas. “Como para reflejar la costumbre de las micros antiguas, donde los chóferes las saturaban de vírgenes y santos”, dice Truffa, quien de pura casualidad se topó con Vargas y no dudó en solicitar de sus letreros. “La exposición fue un intento de rescatar los detalles de nuestra identidad, incorporándole elementos que hayan desaparecido, para eso los carteles de Zenén eran imprescindibles”, asegura.

Revisando el libro de imágenes de la exposición, Zenén se enorgullece. Claro que no comprende como sus carteles en la calle no superan los 5 mil pesos, y en la exposición de Truffa “con solo colocarle unos detalles”, eran vendidos a 40 mil pesos. Aun así, asegura que le ayudó para ser reconocido.

Ahora Zenén ojea el “Modesto-Estupendo”, el “Betty la Fea” se acerca curioso, y Vargas se sube a una micro para entregar una patente que ya estaba encargada. Yo me despido cuando baja y, mientras se guarda un par de lucas en el bolsillo, le estrecho la mano. Él me lanza una mirada no más. No me dice “chao”, es un hombre de pocas palabras. Como es su costumbre, saca la cajetilla y prende otro cigarrillo.

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