Víctor Ruiz, fotoperiodista / “Fotografiar es elegir una realidad”

Piensa que mostrar la realidad o una de las versiones de ella “despierta a la gente”. De aspecto serio y convicciones potentes declara que una de sus principales motivaciones para ejercer su profesión es la injusticia social y las escasas posibilidades que entrega la sociedad a sus “hijos”.

Por Karen Vera Espinoza

A simple vista no mide más de un metro sesenta y cinco,  y es de contextura delgada. Tiene poco más de 40 años, lleva barba menor, el pelo amarrado en una cola de caballo y tiene más que unas incipientes canas, reflejo de sus años, a pesar de su aspecto y vestimenta juvenil. Ocupa lentes ópticos, y su color de ojos es castaño, con una pequeña desviación en el izquierdo. Tez morena, caminata rápida y el vivo retrato de quienes llevan grabadas en sus almas la justicia social, o al menos luchar por ella. Es de carácter firme, desconfiado, aunque de sonrisa soñadora. Esa es la primera impresión que entrega Víctor Ruiz.

En el café de Florería Mosqueto y después de acomodarse en una mesita para dos un poco más apartada del centro de la cafetería, coquetea con la joven que ofrece los brebajes de la casa y finalmente, ella termina convenciéndolo de cuál es la mejor alternativa. Cuenta que ese armónico lugar es una fusión perfecta de buen café y una florería. Y al parecer no es el único, porque el recinto se repleta en pocos minutos. Pide que no lo graben y que, en lo posible, no sea una entrevista pauteada, formato pregunta-respuesta. Sólo espera una buena conversación. Aquí muestra recién su primera sonrisa.

Vive en el centro de Santiago y se siente bastante cómodo allí, porque asegura, la capital tiene cientos de rincones y maravillas por descubrir. Se reconoce de origen humilde y el semblante se le ilumina cuando recuerda que vecinos de la infancia lo saludan con orgullo. “Mis padres me mandaron a estudiar con mucho esfuerzo”, dice cuando se refiere a sus conocimientos en fotografía. Vivió en España, Bolivia, San Salvador y el Distrito Federal de México. Es separado de una española asistente social, con quién compartió parte de sus viajes, y es padre de un niño. Ante la respuesta de si es independiente, sonríe con algo de sarcasmo y dice “cesante, cuando dices independiente,  es porque estás cesante”.

Actualmente tiene un proyecto personal en mente sobre una mujer –siempre se refiere a ella de esa manera- que se cortó el pene para serlo completamente, porque según afirma Ruiz, fue así desde la infancia. “Tiene una relación lésbica con su pareja”, asegura con certeza, a pesar de que el hecho mismo es naturalmente, incompatible. Hace más de un año que no la ve porque su cercanía provocaba celos de su novia y eso dificultaba retratarla en la peluquería donde ejerce su oficio. “Lamento no haber estado allí, cuando despertó tras su cambio definitivo”. Sin embargo, tiene intenciones de retomar el trabajo, aunque sabe que no tendrá ningún interesado en comprarlo. Pero es una persona de palabra y se comprometió con entregarle un book con sus retratos y por sobre todo, porque se trata de un proyecto inmediato.

Una de las principales obras de Víctor Ruiz fue el seguimiento de la forma de vida de las maras. Pandillas ubicadas en El Salvador, fruto de inmigrantes que alguna vez se fueron a Estados Unidos en busca de nuevas oportunidades y lo único que adquirieron, fueron costumbres de estos grupos narcotraficantes.  Posteriormente, y en consecuencia de la creciente oleada de latinoamericanos en el país del norte, muchos de ellos fueron deportados. Sin embargo, su pasantía en ese país no fue en vano y significó adquirir costumbres y códigos propios de estas personas.

Víctor se inmiscuyó en sus hábitos de vida en dos ocasiones. La primera, acompañó a los policías salvadoreños en las distintas redadas para atraparlos. De allí el nombre de su trabajo “Maras: Plan Mano Dura” (2004), pues había una campaña de Gobierno, donde cualquiera que estuviese tatuado era considerado parte de estos grupos. A modo de anécdota cuenta que incluso en una ocasión tomaron detenido a una estrella de rock que todos conocían y que nada tenía que ver con las maras.

La segunda vez, sucedió tras presentar su trabajo en el concurso organizado por la Fundación Nuevo Periodismo, dirigida por el periodista y escritor Gabriel García Márquez (2004) y, ser premiado con una mención honorífica. “Me dijeron que a mi reportaje le faltaba intimidad”, señaló. Y realizando una auto-evaluación llegó a la conclusión que también estaba de acuerdo con la crítica. Después de eso, se contactó con una chica perteneciente a la familia de uno de los miembros. Ella, lo contactó con el segundo personaje a bordo de las maras. “Llegó un hombre con vestimenta de reggetonero y en auto de lujo”. Luego, cuenta que el jefe se presentó como el “Muerto”, apodo con que era conocido, en un bar de barrio. Lo invitó cordialmente a sentarse y pidió una cerveza de litro a cada uno. Después, la segunda botella. “Llegó otra persona de las maras y se sentó con nosotros”. Mientras, el fotógrafo cuenta que el jefe conversaba con otra gente y hablaba por teléfono. “Cuando ya tomaba la tercera cerveza, se acercó a conversar conmigo. Ya estaba completamente relajado”, añade.

Después de reunirse con el “Muerto” tuvo pase libre y los contactos suficientes para visitar al jefe mayor que estaba en la cárcel. “Tuve que pedirle permiso a él para poder introducirme en su mundo. Sus familias”, asevera. Y así llevó a cabo este trabajo, desde el punto de vista de la vida diaria de las maras y no de parte de la delincuencia, por esa parta ya no existía novedad. Para llevar a cabo su misión tuvo que convivir con ellos y aprender sus códigos. Además, señala que una norma básica para su intromisión y seguir con vida, era la lealtad plena. “Si te ven con otra mara, te matan”, señala.

A pesar de que se vislumbra cierta admiración de su parte hacia su cultura, califica a los integrantes de estas pandillas como “malditos”. Y ahonda más en la justificación de su aseveración, cuenta que en una ocasión hubo una muchacha que quiso retirarse porque quedó embarazada. “Como conocía demasiado acerca del funcionamiento, no era posible”, aclara y “la mataron de un disparo por la espalda”.

Ha cubierto distintos frentes informativos, trabajando para agencias como Associated Press, principalmente en Bolivia y países de Centro América y El Caribe. Respecto a esto asegura que, a diferencia de lo que piensan fotógrafos de medios tradicionales donde se rumorea que quienes trabajan en agencias tiene un sistema más relajado, señala que es absolutamente opuesto. “Tenemos que intuir una noticia, para estar ahí cuando suceda, dice Ruiz.

Asegura que un tema pendiente para él es el pueblo mapuche. “Una vez tuve la oportunidad de acercarme a ellos, porque se abrieron a la prensa extranjera”, pero después de esa ocasión, no le ha sido posible acceder a fotografiarlos porque son un pueblo bastante cerrado, aunque sin duda, son los dueños de las tierras que reclaman por derecho propio. Para el fotoperiodista, a través de un reportaje donde se muestren las distintas costumbres de los mapuches, hilando en los detalles más específicos de su diario vivir, se relata el significado de qué significa la discriminación frente a ese pueblo que, a su juicio, pelea por las más legítimas peticiones.

Se acaba la conversación en el café Florería Mosqueto, cerca del metro Bellas Artes. Víctor termina su chocolate con naranja y cerca de las seis y cuarto de la tarde parte camino al centro de Santiago. Probablemente, de paso a  su casa encontrará un nuevo motivo para fotografiar.

Fotorreportaje “Maras El Salvador” – Víctor Ruiz Caballero

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