La primera escuela

Por Karen Vera Espinoza

Si hay un tema en boga en las calles, oficinas, casas y pasillos de nuestro país, es el de la Educación. Las demandas estudiantiles, los esfuerzos incompletos del Gobierno, la mediocre preparación de los profesores, la escasa subvención del Estado, la centralización de la educación municipal, la prohibición de las universidad privadas, entre tantas otros tópicos que discutir. En consecuencia, una sociedad ofuscada con la cuna de la formación ciudadana. Frustración general.

Todo comenzó en nuestro país con colonias extranjeras y congregaciones religiosas que se hicieron cargo de los primeros alumnos del país. Luego, el Estado aseguró cuatro años de escolaridad, lo siguieron ocho y después del gobierno del ex presidente Ricardo Lagos, doce. Sin embargo, la comunidad presiona al individuo a ser “mejor”, lo invita a aspirar a más, a superar a sus padres y ¡Claro que es válido! Y, ¿cómo no iba a serlo? Si es una ideología tan noble como transversal.

Pero en cuanto comenzamos la primera enseñanza, las distancias sociales se marcan con una brecha extensa, ardua y difícil de cambiar, aunque no imposible. Ni hablar de la etapa universitaria, donde sólo algunos son privilegiados y los otros, son presas de las endemoniadas universidades privadas, y también algunas “estatales”, que obligan a sus estudiantes a endeudarse, superando éstas, con creces, las ganancias que algún día podrían obtener con el desempeño de su profesión.

Tiempos oscuros, culpa de las autoridades, determinismo social. Injusticia. Pero de este escenario conmocionado ¿qué responsabilidad recae a los padres?, ¿a nuestros primeros maestros de sangre y progenitores de la especie?, ¿hasta dónde son inocentes?, ¿cuándo empieza la verdadera responsabilidad del Estado? La educación del hogar es una responsabilidad intrínseca a los tutores, llámense padres u apoderados. Ellos son los primeros que deben predicar con el ejemplo, insertar en el “disco duro” de sus hijos que la educación no sólo es el único vehículo de movilidad social, sino que nos enriquece como personas, nos abre la mente para comprender el mundo. Es sabiduría, pero no sólo por dinero, también por responsabilidad social.

La labor de los padres, hasta ahora, no se oye en ningún lado. Demandan los profesores, reclaman los estudiantes, crece la desconfianza y la sensación de lucha. Se crean instituciones que supervisarán la calidad, serán más estrictas en las evaluaciones para entregar acreditación, se otorga subvención preferencial a niños más vulnerables. Sin duda, destacables avances, impensados hace tan sólo diez años. No obstante, como sociedad y ciudadanos pensantes que somos, debemos tomar conciencia y adjudicarnos culpas: nada será suficiente si un padre espera que su hijo se eduque solo o lo hagan terceros por él.

¿Dónde está el sentido de responsabilidad y la prueba de compromiso?, ¿va a las reuniones de apoderados?, ¿le pregunta a su hijo cada día si tiene tareas y le ofrece su ayuda?, ¿lee un diario o simplemente un libro para que su niño siga el ejemplo?, ¿asiste a todas las citaciones del colegio?, ¿vela porque sus hijos dediquen un par de horas extras diarias a estudiar, en vez de dejarlos solos frente al computador y el video juegos? O algo tan tradicional como simple, ¿armó ya una biblioteca escolar para sus hijos?

Los cuestionamientos anteriores son los pilares básicos de los deberes de una persona que exige una educación igualitaria. Es cierto, debe ser así, pero hagámonos responsables, dejemos de ser espectadores y asumamos con madurez, que gran parte de ese gran cambio, también nos compete a nosotros desde la comodidad del hogar.

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